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Leonid Dragunov
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sonríe aunque duela

sonríe aunque duela

Sonríe, aunque no quieras Prólogo: El viaje en bus El autobús avanzaba lentamente por las calles viejas del pueblo. El motor vibraba con un zumbido monótono que parecía acompañar mis pensamientos. En la ventana, mi reflejo me devolvía un rostro cansado, sin expresiones, como si la vida me hubiera robado más de lo que me dio. Llevaba los auriculares puestos, pero apenas escuchaba la música. Las canciones sonaban lejanas, como si vinieran de otro mundo, uno en el que yo nunca terminé de encajar. Mis dedos tamborileaban contra la mochila, más por costumbre que por nervios. Lo único que realmente sentía era el peso de los recuerdos, fragmentados, inconexos, que iban y venían como flashes de luz en una habitación oscura. Me ajusto la mochila y suspiro, con la mirada perdida en el reflejo del vidrio. —¿Qué es lo que realmente recuerdo de mí? —me pregunto en silencio—. ¿Son recuerdos, o solo cicatrices disfrazadas de memoria? Capítulo 1: Infancia fragmentada No recuerdo mucho de mi niñez. Quizás porque nunca quise recordar. Quizás porque la memoria se protege a sí misma borrando lo que más duele. Uno de los primeros momentos en los que tuve conciencia fue cuando mi madre, Lucía, me dijo que me llevaría al pueblo cercano. Yo tenía apenas cuatro años. Corrí por la casa buscándola, con esa emoción ingenua de un niño que cree que todo lo que le prometen va a cumplirse. Pero al final, me encontré con la verdad: se había ido con mi hermana, dejándome con mi abuela. El vacío que sentí ese día aún resuena en mí. Sentí que el mundo se apagaba un instante, como si el aire no alcanzara para llorar. Me escondí detrás de una cortina, apretando los puños. Quise llorar, pero algo dentro de mí dijo: “Cállate. No sirve de nada”. —¿Me dejaste otra vez? —susurraba en silencio, aunque sabía que ella no podía escucharme. Capítulo 2: El peso del esfuerzo Tenía siete años cuando volvimos a mudarnos. El recuerdo me llega como un destello: yo cargando una caja más grande que mis brazos, tambaleándome entre piedras y tierra. La casa era humilde, de madera, levantada con el esfuerzo de mi madre y mi tía. Ese día, quise ayudar más de lo que podía. Incluso cargué con mi abuelo un pesado armario. Él sostenía la parte de abajo, yo la de arriba. Las piernas me temblaban, los dedos me ardían, pero aun así no solté. —Hazlo, no te quejes… hazlo —me repetía a mí mismo. Y lo hice. Un niño de siete años cargando lo que no le correspondía, pero con el corazón convencido de que debía hacerlo. Me pregunto ahora: ¿era fortaleza o era miedo a no ser suficiente? ¿Un niño que ayuda de más lo hace por amor, o porque teme que si no lo hace dejarán de quererlo? Capítulo 3: Mi padre y el primo Tenía siete años la primera vez que conocí a mi padre, Ernesto. La noticia de que iba a verlo me cayó como un relámpago en la cabeza. Había escuchado su nombre de vez en cuando, pero para mí era casi como un personaje inventado, una sombra sin rostro. El viaje hasta su casa fue largo, más de una hora en bus, pero a mí me pareció eterno. El paisaje pasaba rápido por la ventana, pero mi mente solo repetía preguntas: —¿Cómo será? —¿Se parecerá a mí? —¿Me querrá? Cuando por fin llegamos, él estaba de pie en la puerta, con los brazos cruzados y un gesto serio. No fue un abrazo, no fue un “te extrañé”. Fue apenas un saludo frío, como si saludara a un vecino que se acababa de mudar. —Pasa —me dijo, sin sonreír mucho. Adentro me mostró su trabajo en la empacadora. El lugar era un galpón lleno de cajas y ruido de máquinas. Me puso a armar cajas de cartón, y yo, sin decir una palabra, empecé a doblarlas y encajarlas una tras otra. Mientras lo hacía, una voz en mi cabeza repetía como un eco: —Hazlo, no te quejes. Enorgullécelo. Hazlo, no te quejes. Quería que me viera como alguien valioso, alguien que servía para algo. Pero al final, lo único que recibió de mí fue silencio y obediencia. En esa misma casa conocí a Marcos, mi primo. Desde el primer momento, algo en él me rechazó. Su mirada era dura, desconfiada, como si mi sola presencia le robara algo. Al principio pensé que era mi imaginación, hasta que lo comprobé: me culpaba de cosas que no hacía, escondía mis juguetes, me golpeaba cuando nadie miraba. Un día me empujó tan fuerte que terminé cayendo sobre un costal de papas. Él sonrió con burla. —Eres un estorbo —me dijo. Nunca supe por qué me odiaba tanto, hasta que entendí que era por celos: su abuela me prestaba más atención a mí. No supe cómo reaccionar. Me quedaba callado, tragándome la rabia, con los puños apretados pero inmóviles. ¿De qué servía defenderme? ¿Quién me iba a creer? Ese día entendí algo doloroso: la sangre no garantiza el cariño. Mientras doblaba cajas para mi padre, veía a mi primo sonreír maliciosamente desde un rincón. Yo trataba de concentrarme, como si las cajas fueran un escudo contra el mundo. Pero dentro de mí, la pregunta ardía: —¿Y si mi propio padre tampoco me quiere? Capítulo 4: El amigo adulto y Laura En el barrio donde vivía había un hombre al que yo llamaba “mi amigo adulto”. Su nombre era Ricardo, pero para mí era mucho más que un vecino: era alguien que me trataba con paciencia, sin burlas ni desprecio. Estaba construyendo una casa cerca de la mía, y yo, curioso como todo niño, me quedaba observando cómo mezclaba cemento, levantaba ladrillos y medía las paredes con precisión. Al principio solo miraba desde lejos, pero poco a poco empecé a acercarme. Un día me pasó una pala y me dijo: —Sostén esto, ¿quieres? Sentí una emoción extraña. No era un juguete, no era una broma, era una tarea real. Desde entonces, casi todos los días me quedaba ayudándolo. Le alcanzaba ladrillos, le pasaba herramientas, le preguntaba cosas tontas como: —¿Y si la casa se cae? —No se va a caer —respondía riéndose—, porque la vamos a hacer bien. Ese “vamos” me hacía sentir parte de algo grande. No era solo él construyendo: era “nosotros”. Y aunque mis manos se ensuciaban de polvo y mi ropa quedaba hecha un desastre, yo me sentía orgulloso. Un día, mientras mezclábamos arena y cemento, me mostró unas monedas que brillaban al sol. —Plantemos esto aquí —me dijo sonriendo—. Algún día crecerá un árbol de dinero. Yo, inocente, las enterré convencido de que pronto tendría dulces infinitos. Escarbé con las manos, puse la tierra encima y me quedé mirando el suelo como si pudiera brotar algo en ese mismo instante. Fue entonces cuando la vi por primera vez: Laura. Una niña de cabello oscuro y mirada curiosa, que se acercó con pasos tímidos. Se detuvo a unos metros y me preguntó: —¿Qué haces? —Plantando monedas —le respondí con toda la seriedad del mundo—. Quiero un árbol de dinero. Ella rió con fuerza, tapándose la boca con la mano. Ricardo también se echó a reír, y yo me sonrojé, aunque en el fondo también sonreí. Desde ese día, Laura empezó a pasar tiempo conmigo. Jugábamos con tierra, con canicas, al escondite, a la lleva congelada. Eran juegos simples, pero yo los esperaba con ansias. A veces, su padre nos llamaba y nos invitaba a su casa. Nos daba comida, nos enseñaba las tablas de multiplicar. Yo lo veía como un maestro improvisado, y a Laura como una cómplice de aventuras. Recuerdo una tarde en particular: jugábamos a las escondidas y ella me encontró fácilmente. —Eres muy malo para esconderte —me dijo riendo. —Es que no quiero que me encuentres tarde —le respondí en broma. No supe si lo entendió como un chiste o como algo más, pero desde ese momento se rió cada vez que me tocaba esconderme. Nuestra amistad duró hasta cuarto grado, cuando poco a poco dejamos de vernos tanto. La vida empezó a separarnos sin avisar, como siempre hace. A veces pienso en esas monedas enterradas. Nunca crecieron, por supuesto, pero me dejaron una lección: los sueños de un niño pueden ser ingenuos, pero también son los más puros. Y me pregunto: ¿será que, en el fondo, sigo esperando que ese árbol de dinero brote algún día? ¿O es que lo que realmente espero es volver a sentir la inocencia de esas tardes con Laura y Ricardo? Capítulo 5: La escuela que duele La escuela… para muchos es el lugar donde comienzan los recuerdos felices, donde aprenden a escribir cartas, a jugar fútbol en los recreos, a conocer amigos que duran toda la vida. Para mí, en cambio, fue un escenario de heridas invisibles. En segundo y tercero de primaria empecé a cargar con un peso que no debería llevar ningún niño: las burlas por mi cuerpo. Era gordito, y eso bastaba para convertirme en blanco de todos. “Ballena”, “cerdito”, “barriga de gelatina”… eran solo algunas de las palabras que escuchaba casi a diario. Los recreos no eran descanso para mí. A veces me escondía detrás de las columnas o en un rincón del patio, fingiendo que estaba ocupado con algo, solo para que no me molestaran. Pero siempre había alguien que venía con una carcajada fácil y una burla lista. Lo peor no eran los golpes ni los empujones, sino las risas de los demás. La manera en que todos miraban y se unían al coro de humillación. Ahí aprendí lo que significa sentirse solo en medio de una multitud. Un día, mientras trataba de comer mi merienda, un grupo de niños me rodeó. Uno de ellos me arrebató la bolsa de pan y jugo, la levantó como un trofeo y gritó: —¡Miren, el gordito va a engordar más! Las carcajadas retumbaron, y yo me quedé inmóvil, con el rostro ardiendo. No lloré. No supliqué. Solo me quedé en silencio, apretando la mandíbula hasta sentir dolor. Aprendí a soportar, como si mi cuerpo entero se volviera una muralla de piedra. Ese silencio, esa forma de aguantar sin protestar, se convirtió en parte de mí. Y aunque las heridas se cerraban por fuera, por dentro dejaban cicatrices que nunca desaparecieron. Con el tiempo, todo cambió. Me trasladaron a otra escuela, y allí conocí un ambiente diferente. Los profesores eran más comprensivos, menos crueles que los anteriores. Sentí, por primera vez, que alguien veía en mí algo más que un niño torpe o un cuerpo gordito. Fue en ese lugar donde la conocí: Mariana. Ella llegó como un rayo de luz en medio de tanta sombra. Cabello rubio, ojos claros, una sonrisa que iluminaba cualquier salón. Desde el primer día la miré con una mezcla de timidez y admiración. No sabía cómo acercarme, pero algo en mí me empujaba a querer estar cerca. Pasaron los meses, y poco a poco nos hicimos amigos. Reíamos juntos en clase, compartíamos juegos en los recreos, y mi corazón empezó a latir distinto. Una tarde, reuní todo el valor que pude y me acerqué a ella. —Mariana… me gustas —dije, con la voz quebrada y las manos sudando. Ella me miró, sorprendida. Luego sonrió, una sonrisa tierna pero llena de lástima. —Lo siento… solo te veo como un amigo. Sentí que el mundo se me derrumbaba por dentro. El eco de esas palabras quedó grabado en mi pecho como un tatuaje invisible. Quise llorar, pero ya había aprendido a no hacerlo. Quise reclamar, pero el silencio me ganó otra vez. Lo único que hice fue lo que siempre hacía: sonreír. Desde ese día entendí una lección que se repetiría en mi vida una y otra vez: aunque duela, sonríe. Aunque te rompas por dentro, sonríe. Capítulo 6: Mariana y yo (versión ajustada) Después de aquella confesión fallida, uno pensaría que nuestra relación cambiaría, que la distancia crecería como un muro entre nosotros. Pero no. Todo siguió igual… o tal vez mejor. Porque con el tiempo, Mariana y yo no fuimos solo amigos: nos volvimos mejores amigos. Nuestra amistad se transformó en algo único, un lazo que pocos entendían. Confiábamos el uno en el otro como si fuéramos hermanos de alma. Ella me contaba sus problemas, sus enojos, sus sueños, y yo le prestaba mis oídos y mis silencios. Yo la escuchaba sin juzgar, porque estar para ella me bastaba. En sexto grado, esa confianza empezó a mostrarse en gestos que me desarmaban. A veces se sentaba en mis piernas, apoyando su espalda contra mi pecho como si fuera lo más natural del mundo. Yo me quedaba quieto, con el corazón latiendo fuerte, tratando de aparentar calma mientras por dentro me preguntaba: —¿Será que lo hace porque somos mejores amigos, o hay algo más que no me dice? Otras veces me abrazaba sin previo aviso, rodeando mi cuello con sus brazos y hundiendo su rostro en mi hombro. En esos instantes, el mundo entero parecía detenerse. Yo cerraba los ojos y respiraba hondo, tratando de guardar ese momento en mi memoria, como si pudiera vivir de él cuando ella no estuviera cerca. Mariana tenía también un modo peculiar de demostrar cariño: las bromas. Me mordía los brazos de repente, con esa sonrisa traviesa que me confundía. O me dibujaba corazoncitos y figuras en el brazo con un bolígrafo mientras reíamos. —¿Qué haces? —le preguntaba, mirándola de reojo. —Dejando mi marca —respondía entre risas. Y aunque lo decía jugando, yo siempre me quedaba pensando en esa frase mucho después: ¿será que realmente dejó una marca en mí? Entre broma y broma, me decía apodos como “mi vida”, “bb” o incluso “mi amor”. Yo reía, tratando de fingir que lo tomaba a la ligera, pero por dentro esas palabras retumbaban como ecos en un cuarto vacío. ¿Era solo cariño de mejores amigos? ¿O un lenguaje secreto que yo no me atrevía a descifrar? Hubo un día en el que estábamos sentados en el salón después de clase. Ella me miró fijamente y dijo: —¿Sabes que contigo me siento como si pudiera ser yo misma? No supe qué contestar. Me limité a sonreír, como siempre. Pero dentro de mí, un grito ahogado repetía: —Yo también… pero quisiera que fueras tú conmigo de otra forma. Los años pasaron, y cada gesto suyo se convirtió en un arma de doble filo. Me hacía feliz, pero también me recordaba lo que nunca sería mío. Era como vivir con una esperanza que no se apagaba, pero que tampoco iluminaba del todo. Y aun así, elegí quedarme. Elegí ser su mejor amigo. Porque perderla me parecía peor que no tener su amor. Quizás, pensé, a veces es mejor tener un pedazo de alguien que nada en absoluto. Capítulo 7: Adolescencia y celos Ser el mejor amigo de Mariana era, al mismo tiempo, un regalo y un castigo. Un regalo porque tenía el privilegio de estar tan cerca de ella como nadie más, de conocer su forma de reír, de escuchar sus secretos, de sentir que confiaba en mí como en nadie. Un castigo porque esa cercanía me obligaba a ver cómo su corazón a veces pertenecía a otros. En séptimo grado comenzaron los primeros rumores de noviazgos en el colegio. Uno tras otro, varios de mis amigos empezaron a gustarle, y algunos tuvieron la suerte de ser correspondidos, aunque fuera por un tiempo corto. Ella se los contaba todo a mí, como se le cuenta todo a un mejor amigo. Yo la escuchaba, asentía, le daba consejos, fingía una sonrisa que me quemaba por dentro. —¿Crees que le gusto de verdad? —me preguntaba con esos ojos que brillaban de ilusión. —Sí, claro que sí —contestaba, tragándome el nudo en la garganta. Por dentro quería gritar: “¡No! ¡No lo mires a él, mírame a mí!”. Pero nunca lo hice. Porque un mejor amigo no destruye la felicidad de la persona que quiere, aunque esa felicidad no lo incluya. Hubo días en los que no soporté el dolor y decidí ignorarla. De repente dejaba de responderle, evitaba verla en los pasillos, me encerraba en mi propio silencio. Creía que así me protegería, que así me dolería menos. Pero siempre terminaba arrepintiéndome. Ella, con esa dulzura que siempre tenía conmigo, me buscaba. —¿Por qué me ignoras? ¿Qué te hice? —me preguntaba, con una mezcla de enojo y tristeza. Y yo, cobarde como siempre, respondía con evasivas: —Nada… es que estoy cansado. Entonces ella me abrazaba, como si con ese gesto pudiera reparar todas las grietas de mi silencio. Y de alguna forma, lo lograba. En undécimo grado, los comentarios sobre ella se volvieron más pesados. Algunos compañeros empezaron a hablar mal de Mariana a sus espaldas. Yo lo escuchaba todo, con las manos apretadas bajo la mesa. Quise defenderla, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Lo único que hice fue lo que siempre había hecho: callar, guardar y sonreír. Pero esa sonrisa, frente a las burlas y las mentiras, dolía más que nunca. Porque yo sabía la verdad: la persona de la que hablaban no era esa caricatura cruel que inventaban, sino mi mejor amiga, la que me había dado algunos de los momentos más felices de mi vida. Y cada vez que ella me abrazaba después de escuchar un rumor, yo sentía lo mismo: ser su mejor amigo era suficiente para ella. Pero para mí, ser solo su mejor amigo era, muchas veces, una condena. Capítulo 8: Mi abuelo Si alguien fue un verdadero padre para mí, ese fue mi abuelo. Con él aprendí lo más importante: la paciencia, la disciplina, el valor de la palabra dada. Era un hombre sencillo, pero sus enseñanzas eran más grandes que cualquier libro de escuela. Me enseñó a montar bicicleta, a cargar madera, a respetar a los mayores. Con él aprendí a mirar el campo y sentir que la tierra también hablaba. “Hay que escucharla”, me decía mientras caminábamos juntos. Y yo lo creía, porque cuando estaba con él todo parecía tener sentido. Cuando enfermó, fue como si la vida quisiera arrebatarme ese faro que me guiaba. El cáncer de próstata lo debilitó poco a poco, hasta el punto en que ya no podía hablar. Yo lo ayudaba en lo que podía: lo levantaba, le alcanzaba el agua, lo cambiaba. Aunque era joven, no me importaba cargar su peso, porque era el hombre que siempre había cargado con el mío. Los últimos días fueron los más duros. Recuerdo esa madrugada en la que mi abuela me despertó, con el rostro lleno de miedo. —Ven rápido, no me responde —me dijo con la voz temblorosa. Me acerqué a la cama, tomé el pulso de mi abuelo… y lo sentí apagarse entre mis dedos. Al principio todavía había un poco de calor en su piel, pero poco a poco fue enfriándose. Ese instante quedó grabado en mi memoria: fue como sentir que la vida se escapaba, silenciosa, delante de mí. —Abuela… mi abuelo está muerto —le dije con la garganta seca, como si me doliera hablar. Ella estalló en llanto, y yo salí corriendo a casa de mi tía. Cuando le di la noticia, no me creyó. Me miró confundida y respondió con enojo: —No digas tonterías, ¿cómo vas a venir a inventar algo así? Yo no reía, no lloraba, solo repetía: —Es verdad. Mi abuelo murió. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era un juego. El miedo la invadió, y salió corriendo conmigo hacia la casa. Ese día me tocó dar la noticia a varios familiares, uno por uno, por teléfono. Cada vez que lo decía, la garganta se me secaba y sentía un nudo que me ahogaba. Nadie quería creerlo, todos esperaban que dijera: “Es mentira”. Pero no lo era. Los médicos llegaron a confirmar lo que yo ya sabía: había muerto de un infarto. En su velorio, lo vi dentro de un ataúd. El cuerpo que alguna vez me cargó sobre sus hombros ahora descansaba rígido, maquillado, frío. Yo trataba de distraerme con los juegos, como si pudiera escapar del dolor. Pero cuando el pastor empezó a hablar de él, ya no pude contenerme más. Estallé en lágrimas. Abracé a mi madre, y luego a mi tío. Lloré tanto que la cabeza me dolió y las lágrimas dejaron de salir. Después ayudé a cargar su ataúd hasta el carro. Sentí que lo despedía no solo con mis brazos, sino con todo mi corazón. Lo incineraron, y con él se fue una parte de mí que nunca volvería. Unos días después, volví al colegio. Había faltado varias clases, porque no tenía fuerzas para enfrentar la rutina. Mariana se me acercó apenas me vio. —¿Por qué faltaste? ¿Qué te pasó? —me preguntó con esa mirada preocupada que solo ella sabía ponerme. Yo bajé la cabeza, no quería que lo supiera. No quería abrir la herida frente a ella. —No tenía ganas de venir, nada más —respondí seco, forzando una sonrisa. Ella me abrazó y me dijo: —Bueno, pero no me vuelvas a asustar así, ¿sí? Y yo la abracé también, pero en silencio. En mi interior, las palabras que no dije retumbaban como un eco: “Perdí a mi abuelo. Perdí a mi padre. Pero no quiero que me veas roto”. Capítulo 9: El silencio y la sonrisa Toda mi vida ha sido lo mismo: escuchar, observar, guardar, callar… y sonreír. Siempre sonreír, aunque por dentro me sienta roto. Me pregunto a veces: ¿En qué momento aprendí a poner esa máscara? ¿Fue cuando mi madre se fue y entendí que no siempre estaría conmigo? ¿Fue cuando en la escuela me llamaban “gordito” y reían mientras yo apretaba los puños en silencio? ¿O fue cuando Mariana me dijo “solo amigos” y decidí que era mejor tragarme el dolor antes que perderla? He vivido con la sonrisa como un escudo. Un gesto que engaña a los demás, pero que nunca logra engañarme a mí. Porque detrás de cada sonrisa hay un grito ahogado. Detrás de cada carcajada hay una pregunta sin respuesta. ¿Por qué siempre me toca perder lo que amo? ¿Por qué el destino me arrebata lo que me da apenas unos segundos de felicidad? ¿Por qué cuando quiero hablar, la voz se me quiebra y termino callando? A veces pienso que ya no sé quién soy. Si la persona que calla, o la que sonríe. Si el niño que plantaba monedas soñando con un árbol de dinero, o el joven que aprendió a aceptar que los sueños nunca brotan. He sido testigo de mi propia vida desde la sombra. He cargado el dolor como quien carga un mueble pesado sin pedir ayuda, porque “así toca”. Y aún así, aquí estoy. Sonriendo. Sonriendo aunque no quiera, aunque no pueda, aunque no tenga motivos. Quizás porque en el fondo, la sonrisa es lo único que me queda para demostrar que sigo vivo. Quizás porque, aunque el corazón me pida gritar, mi boca aprendió que es más fácil callar. Me miro al espejo y me pregunto: ¿Esa sonrisa que veo es mía, o es la de alguien que inventé para sobrevivir? Capítulo 10: Epílogo El autobús se detuvo con un chirrido suave. El conductor abrió la puerta y el aire de la mañana golpeó mi rostro como un recordatorio de que la vida seguía, aunque yo me sintiera detenido en el tiempo. Bajé despacio, ajustándome la mochila en el hombro. Cada paso hacia el colegio parecía pesado, como si caminara sobre los recuerdos de todos esos años que me habían moldeado a golpes de silencio y sonrisas forzadas. El edificio estaba allí, imponente y familiar al mismo tiempo. Las paredes cargaban las voces de los profesores, los gritos de los recreos, las risas y las lágrimas escondidas en los baños. Era como entrar en un lugar que había sido testigo de mis heridas y mis pequeñas victorias. Y entonces la vi. De pie, frente al portón, con la luz del sol acariciando su cabello rubio. Mariana. Ella no había cambiado mucho, y sin embargo me pareció distinta. Más madura, más fuerte, pero con esa misma sonrisa que siempre había tenido el poder de desarmarme. Me acerqué con pasos inseguros, sintiendo cómo el corazón se aceleraba en mi pecho. Por un segundo pensé en darme la vuelta, en huir como tantas veces lo hice con mis palabras. Pero no. Esta vez no. Cuando estuve lo bastante cerca, rodeé su cintura con cuidado. Ella se giró sorprendida, pero antes de que pudiera decir algo, le susurré al oído: —Nos volvemos a encontrar… te extrañé. Mariana sonrió, y ese gesto fue como volver a casa después de un viaje demasiado largo. Me abrazó fuerte, y en ese abrazo sentí que el tiempo se detenía. Mis pensamientos se atropellaban unos con otros: “¿Será que algún día verá en mí algo más que un mejor amigo?” “¿Será que este abrazo es distinto a los demás?” “¿O estoy condenado a ser siempre el refugio, pero nunca el destino?” No importaba. En ese instante, lo único que quería era quedarme ahí, sintiendo su calor, respirando el perfume de su cabello, guardando en mi memoria cada segundo como si fuera el último. En ese abrazo entendí que no necesitaba respuestas inmediatas. Que a veces la vida no es tener lo que uno quiere, sino aprender a valorar lo que uno tiene. Y yo tenía a Mariana, mi mejor amiga, mi refugio, mi herida y mi medicina al mismo tiempo. Seguí sonriendo, esta vez no para esconder mi dolor, sino porque, al menos por un momento, el mundo me parecía un lugar soportable. Me alejé apenas un paso, la miré y grité su nombre con fuerza. Ella volteó, me miró fijamente y sonrió. Corrió hacia mí, me abrazó otra vez y, pegando su rostro al mío, susurró: —Yo igualmente te extrañé, mvd. Cerré los ojos. Esta vez no había máscaras, no había silencios, no había mentiras. Solo un abrazo y una sonrisa compartida.

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